El silencio y Ediciones La fragua (Segunda etapa)
Por Mauricio Vallejo Márquez,
Escritor y fundador de GLF
La Fragua se apagó. En 2002 algunos grupos literarios y escritores sabían que había existido, sobre todo porque Rafael Mendoza López y yo (Mauricio Vallejo Márquez) seguimos participando eventualmente en recitales y festivales, más él que yo. Cada uno siguió su camino y los pocos que mantuvimos relación no hicimos nada para que volviera a surgir el grupo ni nos presentamos como colectivo, quizá porque pensamos en dejar morir el proyecto, pues ya fragmentado perdía la mística de sus inicios.
Recuerdo una tarde en La Luna en el año 2000. Me acerqué a Pedro Portillo (músico y pintor que leía las cartas) para pedirle que me leyera la fortuna. Al principio Pedro no quería (el cobraba por ello y yo se lo pedía gratis), pero al final accedió. En ese momento creía en esas lecturas.
Pedro sacó la baraja y fue ordenando cada carta que mostraba sobre el mantel hasta llenar la mesa. No recuerdo todo lo que dijo, solo que el trabajo en colectivo no nos iba a dejar crecer juntos a Rafael y a mí.
Le conté el asunto a Mendoza y rió. Poco después publicamos dos plaquettes individuales. Su servidor publicó Cantar bajo el vidrio. Rafael editó unos meses después Ciudad inquieta. Jamás nos imaginamos que sería nuestro último trabajo en conjunto.
En ese tiempo, cuando nos dividimos, Lya Ayala y yo fuimos parte del equipo coordinador del Suplemento cultural Tres mil junto a Álvaro Darío Lara. Tras unas diferencias dejamos de trabajar con Álvaro. En ese periodo el amigo Óscar Kasco me ayudó a conseguir empleo como profesor de las asignaturas de literatura y sociales en el Instituto Nazaret, donde laboré de 2000 a 2002. Ese año el escritor Rafael Menjivar Ochoa nos recomendó con Laffite Fernández para trabajar en El Diario de Hoy que él editaba. Éramos cuatro los que nos reuníamos los sábados por la mañana a recibir charlas de Laffite: Carlos Clará, William Alfaro, Lya Ayala y yo. Al final entramos a trabajar todos a excepción de Clará. William fue el que permaneció más tiempo en ese matutino.
En El Diario de hoy laboré en las secciones: deportes, política, ciudad y diarios regionales. Estuve ahí del 2002 al 2004. Después de eso mi relación con las esferas literarios fue casi nula mientras veía que otros seguían. En mi caso me dediqué a leer y escribir en soledad.
Ese 2004 viví unos meses en Tlaxcala, México y regresé el 30 de octubre sin empleo.
Al llegar el 2005 sostuve una reunión con Roberto Palencia en una venta de tortas del centro de San Salvador, él me invitó a comer. Palencia fue amigo de mi papá y siempre me ha aconsejado e impulsado. Me dio ánimo, porque mi situación no era la mejor y no encontraba salida a esta.
—Deberías de revisar tus materiales y ver qué puedes publicar, Mauricio.
—Vos sabes cómo funcionan las cosas acá. No creo que me publiquen—le contesté.
En esa época solo la Dirección de Publicaciones e Impresos te publicaba si tenías conectes, después de pasar un extenso y agobiante proceso burocrático.
—No busqués editorial, vos hace la tuya.
—Pero eso requiere muchas cosas. Sobre todo plata.
—No. La editorial ya la tenés, es La Fragua. Hace plaquettes, un montón de tipos andan ahí vendiendo sus materiales. Yo sé que a vos te va ir bien, probá y después me contás.
Se me abrieron los ojos y comencé a esbozar una sonrisa. Esa tarde al llegar a mi casa comencé mi primer trabajo de selección en serio. De esa experiencia surgió Cuentos de Ocio, un plaquette de microcuentos que tenía el plus de haberle agradado al escritor Menjivar Ochoa. Así que lo edité y con el dinero que reuní alimenté a mi familia y comencé a tener seguridad. El apoyo de Palencia fue fundamental para que existiera Ediciones La fragua.
Acababa de comprar un café con leche en la cafetería de la facultad de Derecho de la UTEC cuando me encontré a Gabriel Quintanilla. Nos saludamos con alegría, Gabriel me caía bien por su candidez. Le conté que había recatado el sello de La Fragua y había publicado un “librito”. Y a él le interesó, por ese sueño que compartimos todos los jóvenes literatos: publicar. En pocos minutos nos pusimos a cuenta de la vida y entre tantas cosas decidimos hacer resurgir a La Fragua, era 2006. Ahora éramos solo él y yo los que comenzaríamos a encender el fuego e hicimos buen equipo.
Nos pusimos de acuerdo para reunirnos y comenzar una nueva aventura literaria más ambiciosa que la iniciada en 1999. En esta tendríamos algo interesante, Gabriel y yo leeríamos nuestros poemas y el cantautor Carlos Rubio Calles no acompañaría con su guitarra e interpretando algunas canciones.
Así comenzamos a visitar casas de la cultura, bares, cafés culturales presentando nuestro regreso. Éramos temerarios, nos metíamos en todas partes. Y es de reconocer que Gabriel tenía una facilidad para encontrar oportunidades para presentarnos. En cada uno de esos recitales vendimos nuestros plaquettes: El último salmo y Cuentos de ocio, de su servidor; y Retazos de ausencia y Callada como la oscuridad y otro que no recuerdo, de Gabriel.
Eran noches de música, poesía y Fragua.
Escritor y fundador de GLF
La Fragua se apagó. En 2002 algunos grupos literarios y escritores sabían que había existido, sobre todo porque Rafael Mendoza López y yo (Mauricio Vallejo Márquez) seguimos participando eventualmente en recitales y festivales, más él que yo. Cada uno siguió su camino y los pocos que mantuvimos relación no hicimos nada para que volviera a surgir el grupo ni nos presentamos como colectivo, quizá porque pensamos en dejar morir el proyecto, pues ya fragmentado perdía la mística de sus inicios.
Recuerdo una tarde en La Luna en el año 2000. Me acerqué a Pedro Portillo (músico y pintor que leía las cartas) para pedirle que me leyera la fortuna. Al principio Pedro no quería (el cobraba por ello y yo se lo pedía gratis), pero al final accedió. En ese momento creía en esas lecturas.
Pedro sacó la baraja y fue ordenando cada carta que mostraba sobre el mantel hasta llenar la mesa. No recuerdo todo lo que dijo, solo que el trabajo en colectivo no nos iba a dejar crecer juntos a Rafael y a mí.
Le conté el asunto a Mendoza y rió. Poco después publicamos dos plaquettes individuales. Su servidor publicó Cantar bajo el vidrio. Rafael editó unos meses después Ciudad inquieta. Jamás nos imaginamos que sería nuestro último trabajo en conjunto.
En ese tiempo, cuando nos dividimos, Lya Ayala y yo fuimos parte del equipo coordinador del Suplemento cultural Tres mil junto a Álvaro Darío Lara. Tras unas diferencias dejamos de trabajar con Álvaro. En ese periodo el amigo Óscar Kasco me ayudó a conseguir empleo como profesor de las asignaturas de literatura y sociales en el Instituto Nazaret, donde laboré de 2000 a 2002. Ese año el escritor Rafael Menjivar Ochoa nos recomendó con Laffite Fernández para trabajar en El Diario de Hoy que él editaba. Éramos cuatro los que nos reuníamos los sábados por la mañana a recibir charlas de Laffite: Carlos Clará, William Alfaro, Lya Ayala y yo. Al final entramos a trabajar todos a excepción de Clará. William fue el que permaneció más tiempo en ese matutino.
En El Diario de hoy laboré en las secciones: deportes, política, ciudad y diarios regionales. Estuve ahí del 2002 al 2004. Después de eso mi relación con las esferas literarios fue casi nula mientras veía que otros seguían. En mi caso me dediqué a leer y escribir en soledad.
Ese 2004 viví unos meses en Tlaxcala, México y regresé el 30 de octubre sin empleo.
Al llegar el 2005 sostuve una reunión con Roberto Palencia en una venta de tortas del centro de San Salvador, él me invitó a comer. Palencia fue amigo de mi papá y siempre me ha aconsejado e impulsado. Me dio ánimo, porque mi situación no era la mejor y no encontraba salida a esta.
—Deberías de revisar tus materiales y ver qué puedes publicar, Mauricio.
—Vos sabes cómo funcionan las cosas acá. No creo que me publiquen—le contesté.
En esa época solo la Dirección de Publicaciones e Impresos te publicaba si tenías conectes, después de pasar un extenso y agobiante proceso burocrático.
—No busqués editorial, vos hace la tuya.
—Pero eso requiere muchas cosas. Sobre todo plata.
—No. La editorial ya la tenés, es La Fragua. Hace plaquettes, un montón de tipos andan ahí vendiendo sus materiales. Yo sé que a vos te va ir bien, probá y después me contás.
Se me abrieron los ojos y comencé a esbozar una sonrisa. Esa tarde al llegar a mi casa comencé mi primer trabajo de selección en serio. De esa experiencia surgió Cuentos de Ocio, un plaquette de microcuentos que tenía el plus de haberle agradado al escritor Menjivar Ochoa. Así que lo edité y con el dinero que reuní alimenté a mi familia y comencé a tener seguridad. El apoyo de Palencia fue fundamental para que existiera Ediciones La fragua.
Acababa de comprar un café con leche en la cafetería de la facultad de Derecho de la UTEC cuando me encontré a Gabriel Quintanilla. Nos saludamos con alegría, Gabriel me caía bien por su candidez. Le conté que había recatado el sello de La Fragua y había publicado un “librito”. Y a él le interesó, por ese sueño que compartimos todos los jóvenes literatos: publicar. En pocos minutos nos pusimos a cuenta de la vida y entre tantas cosas decidimos hacer resurgir a La Fragua, era 2006. Ahora éramos solo él y yo los que comenzaríamos a encender el fuego e hicimos buen equipo.
Nos pusimos de acuerdo para reunirnos y comenzar una nueva aventura literaria más ambiciosa que la iniciada en 1999. En esta tendríamos algo interesante, Gabriel y yo leeríamos nuestros poemas y el cantautor Carlos Rubio Calles no acompañaría con su guitarra e interpretando algunas canciones.
Así comenzamos a visitar casas de la cultura, bares, cafés culturales presentando nuestro regreso. Éramos temerarios, nos metíamos en todas partes. Y es de reconocer que Gabriel tenía una facilidad para encontrar oportunidades para presentarnos. En cada uno de esos recitales vendimos nuestros plaquettes: El último salmo y Cuentos de ocio, de su servidor; y Retazos de ausencia y Callada como la oscuridad y otro que no recuerdo, de Gabriel.
Eran noches de música, poesía y Fragua.
Mauricio Vallejo Márquez en el Café Bella Nápoles en 2002. Fotografía de Karla Castro.



Leer estas experiencias y todo el proceso que tuvo que pasar para concretar la Fragua, me ha dejado reflexionando. Está claro que si no se pone manos a la obra y si no hay constancia los sueños no se llegan a realizar. Muchas felicidades. Leer estas líneas me satisface y hace crecer mis ánimos por continuar escribiendo.
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